Arch. Myriam B. Mahiques Curriculum Vitae

Thursday, April 8, 2010

Pasajes de El Matadero (1838) de Esteban Echeverría (1805-1851)

Mataderos del Sur. De blogs.clarin.com/parquepatricios/
Más allá de la lectura de los libros de arquitectura y urbanismo, hay una forma indiscutible de aprender acerca de las ciudades, sus habitantes, sus costumbres, su historia. Y es a través de sus escritores, especialmente aquéllos que escribieron inmersos en contextos socio-políticos que conformaron la historia. Considero que El Matadero, de Esteban Echeverría, es una obra que debiera ser leída por aquéllos que están dentro del campo de la arquitectura y urbanismo.
Aquí, sólo me limito a reproducir algunos párrafos ilustrativos de nuestro antiguo matadero, en antiguos días de Semana Santa y bajo una gran inundación. El link debajo los llevará a su lectura completa en Biblioteca Clarín.

Sucedió, pues, en aquel tiempo, una lluvia muy copiosa. Los caminos se anegaron; los pantanos se pusieron a nado y las calles de entrada y salida a la ciudad rebosaban en acuoso barro. Una tremenda avenida se precipitó de repente por el Riachuelo de Barracas, y extendió majestuosamente sus turbias aguas hasta el pie de las barrancas del Alto. El Plata creciendo embravecido empujó esas aguas que venían buscando su cauce y las hizo correr hinchadas por sobre campos, terraplenes, arboledas, caseríos, y extenderse como un lago inmenso por todas las bajas tierras. La ciudad circunvalada del Norte al Este por una cintura de agua y barro, y al Sud por un piélago blanquecino en cuya superficie flotaban a la ventura algunos barquichuelos y negreaban las chimeneas y las copas de los árboles, echaba desde sus torres y barrancas atónitas miradas al horizonte como implorando la misericordia del Altísimo. Parecía el amago de un nuevo diluvio. Los beatos y beatas gimoteaban haciendo novenarios y continuas plegarias.
Mataderos de Liniers 

El matadero de la Convalecencia o del Alto, sito en las quintas al Sud de la ciudad, es una gran playa en forma rectangular colocada al extremo de dos calles, una de las cuales allí se termina y la otra se prolonga hacia el Este. Esta playa con declive al Sud, está cortada por un zanjón labrado por la corriente de las aguas pluviales en cuyos bordes laterales se muestran innumerables cuevas de ratones y cuyo cauce, recoge en tiempo de lluvia, toda la sangraza seca o reciente del matadero. En la junción del ángulo recto hacia el Oeste está lo que llaman la casilla, edificio bajo, de tres piezas de media agua con corredor al frente que da a la calle y palenque para atar caballos, a cuya espalda se notan varios corrales de palo a pique de ñandubay con sus fornidas puertas para encerrar el ganado. 
Estos corrales son en tiempo de invierno un verdadero lodazal en el cual los animales apeñuscados se hunden hasta el encuentro y quedan como pegados y casi sin movimiento.
Matadero del Sur. 1817. Acuarela de Emeric Essex Vidal (1791-1861): "Matadero sur". Buenos Aires. Argentina 
Wikipedia. org

La perspectiva del matadero a la distancia era grotesca, llena de animación. Cuarenta y nueve reses estaban tendidas sobre sus cueros y cerca de doscientas personas hollaban aquel suelo de lodo regado con la sangre de sus arterias. En torno de cada res resaltaba un grupo de figuras humanas de tez y raza distinta. La figura más prominente de cada grupo era el carnicero con el cuchillo en mano, brazo y pecho desnudos, cabello largo y revuelto, camisa y chiripá y rostro embadurnado de sangre. A sus espaldas se rebullían caracoleando y siguiendo los movimientos, una comparsa de muchachos, de negras y mulatas achuradoras, cuya fealdad trasuntaba las arpías de la fábula, y entremezclados con ellas algunos enormes mastines, olfateaban, gruñían o se daban de tarascones por la presa. Cuarenta y tantas carretas toldadas con negruzco y pelado cuero se escalonaban irregularmente a lo largo de la playa y algunos jinetes con el poncho calado y el lazo prendido al tiento cruzaban por entre ellas al tranco o reclinados sobre el pescuezo de los caballos echaban ojo indolente sobre uno de aquellos animados grupos, al paso que más arriba, en el aire, un enjambre de gaviotas blanquiazules que habían vuelto de la emigración al olor de carne, revoloteaban cubriendo con su disonante graznido todos lo ruidos y voces del matadero y proyectando una sombra clara sobre aquel campo de horrible carnicería. 

http://www.biblioteca.clarin.com/pbda/cuentos/matadero/matadero.htm

Wednesday, April 7, 2010

Thom Mayne´s tour of 41 Cooper Square


Thom Mayne of Morphosis Architects shows us his firm's new academic building for the Cooper Union for the Advancement of Science and Art in New York. (construction.com/video)

La Arquitectura Arabe en Toledo. De las Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer

Real Alcázar de Sevilla. De http://www.historiadelarte.us/

Llevando en una mano el Corán y en la otra la espada, los hijos de Ismael habían ya recorrido una gran parte del mundo. Merced a la sangrienta persecución de estos guerreros apóstoles de falso profeta, el Oriente comenzaba a constituirse en un gran pueblo, y el Asia y el África se unían por medio del lazo de las creencias, santificado con el sello de las victorias, cuando la traición abrió nuestra Península a las huestes de Tarif y la monarquía gótica cayó derrocada en las orillas del Guadalete con su último rey.
     Acostumbrados a vencer, los árabes no tardaron mucho en posesionarse de casi todo el reino. Como es indudable que a sus conquistas presidía un gran pensamiento, el exterminio no siguió de cerca a sus victorias; las ventajosas condiciones con que aceptaron la rendición de un gran número de ciudades, los privilegios en el goce de los cuales dejaron a los cristianos, prueban claramente que antes trataban de consolidar que de destruir, y que al emprender sus aventuradas expediciones, no les impulsaba sólo una sed de combates sin fruto y de triunfos efímeros. La historia de los grandes conquistadores de todas las épocas ofrece muy raros ejemplos de estas elevadas máximas de sabiduría, puestas en acción por los árabes en la larga carrera de sus victorias.
     Dueños, pues, de casi toda la Península ibérica y calmada la sed de luchas y de dominio que agitó el espíritu guerrero de aquellas razas ardientes, salidas de entre las abrasadoras arenas del Desierto, las diversas ideas de civilización y de adelanto, rico botín de la inteligencia que habían recogido en su marcha triunfal a través de las antiguas naciones, comenzaron a fundirse en su imaginación en un solo pensamiento regenerador.
     Hasta entonces el árabe, fiel a las tradiciones de vida nómada, no había encontrado un momento de reposo. Primeramente pone su movible tienda, ya al pie de una palmera del Desierto, ya en la falda de una colina; después se hace conquistador, y derramándose por el mundo, hoy sestea en el Cairo, a la tarde duerme en el África, y al amanecer levanta su campamento y le sorprende el sol con el nuevo día en Europa.
     Pero el momento de recoger el fruto de sus conquistas, la hora de recibir el precio de su sangre, tan prodigiosamente derramada, había llegado. Sus leyes, y con ellas sus costumbres, comenzaron a dulcificarse y a tomar una índole propia; el círculo de sus aspiraciones y sus necesidades se hizo mayor, y la sociedad que comenzaba a constituir puso el pie en la senda del progreso a la que llamaban su grandeza y su poder.

     Como es de presumir, el arte no existía aún entre los sectarios de Mahoma; pero el desarrollo de la nueva religión lo comenzaba a hacer una necesidad. Y decimos una necesidad, porque es digna de ser observada la influencia que las creencias religiosas ejercen sobre la imaginación de los pueblos que crean un nuevo estilo. Recórrase, siquiera ligeramente, la historia moral, por decirlo así, de todos los países, y no se podrá por menos de conceder a esta influencia la gloria de haber dado, a cada una de las naciones que civilizó, unas costumbres en perfecta afinidad con sus necesidades, y una arquitectura original en maravillosa armonía con su culto.
     Los adoradores de Isis, los sacerdotes de sus terribles misterios, después de poblar sus altares de locas e incomprensibles concepciones, crearon el arte egipcio con sus esfinges monstruosas, sus gigantescas pirámides y oscuros jeroglíficos. El pensamiento de un mundo viril y grande se halla grabado con sus caracteres indelebles en los colosos del Desierto.
     La India, con su atmósfera de fuego, su vegetación poderosa y sus imaginaciones ardientes, alimentadas por una religión todo maravillas y mitos emblemáticos, ahuecó los montes para tallar en su seno las subterráneas pagodas de sus dioses. La extraña y salvaje poesía de los Vedas parece que toma formas y vive cuando a la moribunda luz que se abre paso a través de las grutas sagradas se ven desfilar, confundiéndose entre las sombras de sus muros, las silenciosas procesiones de monstruosos elefantes, guiados por esos deformes genios que despliegan sus triples miembros en semicírculo, como las plumas de un quitasol.
     La Grecia coronó de flores sus divinidades, les prestó el ideal de la belleza humana y las colocó sobre altares risueños, levantados a la sombra de edificios que respiraban sencillez y majestad. Basta examinar sus templos, ricos de armonía y de luz; basta hacerse cargo de la matemática euritmia de sus construcciones, para comprender a aquella sociedad que sujetó la idea a la forma, que tiranizó la libre imaginación por medio de los preceptos del arte.
     La arquitectura árabe parece la hija del sueño de un creyente dormido después de una batalla a la sombra de una palmera. Sólo la religión que con tan brillantes colores pinta las huríes del paraíso y sus embriagadoras delicias pudo reunir las confusas ideas de mil diferentes estilos y entretejerlos en la forma de un encaje. Sus gentiles creaciones no son más que una hermosa página del libro de su legislador poeta, escrita con alabastro y estuco en las paredes de una mezquita o en las tarbeas de una aljama.

     La Religión del Crucificado tradujo el Apocalipsis y las fantásticas visiones de los eremitas. La luz y las sombras, la sencilla parábola y el oscuro misterio se dan la mano en ese poema místico del sacerdote, interpretado por el arte, al que la Edad Media prestó sus severas y melancólicas tintas.
     Ni Roma ni Bizancio tuvieron una arquitectura absolutamente original y completa; sus obras fueron modificaciones, no creaciones, porque, como dejamos dicho, sólo una nueva religión puede crear una nueva sociedad, y sólo en ésta hay poder de imaginación suficiente a concebir un nuevo arte. Roma no fue más que el espíritu de Grecia encarnado en un gran pueblo, y Bizancio el cadáver galvanizado del Imperio, eslabón que en la cadena de los siglos unió por algunos instantes el mundo que desaparecía con el que se levantaba.
     He aquí por qué dijimos que, derrocada en nuestra Península la raza del Norte por la del Oriente, el desarrollo de la religión había hecho del desarrollo del arte una necesidad. El secreto impulso que lo empujaba a su destino existía, pues, en la conciencia del genio ismaelita; pero aún se encontraba muy distante del término de su carrera, por lo que en los primeros pasos se limitó a satisfacer sus necesidades por medio de la imitación.
     En este punto, como fácilmente se comprende, comenzó la primera época de las tres principales en que puede dividirse la historia de la arquitectura muslímica toledana, época que a su vez puede dividirse en dos períodos, uno de imitación, y otro de lucha entre la idea original y la influencia extraña de los diferentes géneros arquitectónicos que se amalgamaron entre sí para crear el nuevo estilo, y que duró en Toledo casi tanto tiempo cuanto permaneció aquella ciudad en poder de los infieles.
     Pocas son las muestras que nos quedan hoy de ambos períodos, pues habiendo desaparecido la grande aljama o alcázar de los reyes moros, como asimismo la mezquita mayor, sobre los cimientos de la cual Fernando el Santo levantó la iglesia primada, sus obras de mayor importancia, y, por lo tanto, las más dignas de estudio, se hallan fuera del alcance de nuestra crítica. Sin embargo, basta examinar la antigua mezquita que es hoy capilla del Cristo de la Luz, la iglesia de Santa María la Blanca, la de San Román, y algunos otros restos de la arquitectura de los árabes toledanos, para poder señalar, hasta cierto punto con exactitud, los caracteres que la distinguen.
     Obsérvanse en ella restos de las construcciones góticas como capiteles y fustes de columnas empleados en las fábricas, que, para atender a sus primeras necesidades erigieron los sectarios de Mahoma después de conquistada la ciudad. La forma de los templos guarda, por lo regular, bastante analogía con la de las basílicas cristianas, hallándose compartidas en naves como éstas, y comenzando en la cabecera algunas veces con ábside. Los arcos que soportan las techumbres de las naves son redondos o de herradura, observándose asimismo, hasta en las construcciones más primitivas, el empleo de los arcos dúplices en la ornamentación de los muros.
Los fustes de las columnas que sostienen las arquerías de estos edificios, son unas veces de mármol y otras de ladrillo y argamasa; pero siempre gruesos y pesados. La forma octógona, que en algunos de ellos se observa, es uno de los caracteres distintivos de este período. Los arabescos o adornos del gusto árabe con que embellecían sus obras son escasos, toscos y casi siempre imitación o copia adulterada de los adornos propios de las órdenes de arquitectura que habían visto al pasar, triunfadores de los pueblos que amarraron a su yugo. En los capiteles imitan las formas griegas, aunque modificándolas más o menos, según el capricho de sus autores; en la ornamentación, el bizantino es uno de los géneros que presta con más abundancia sus caprichosos adornos al arte de los muslimes.
     El segundo período de esta grande época de nacimiento y desarrollo de las ideas originales y propias del pueblo ismaelita, se desenvolvió en Toledo cuando a principios del siglo XI Abu Mohammad Ismael ben Dz'en-non fundó la dinastía de los Beni Dz'en-non, erigiendo a esta ciudad en capital del reino nuevamente constituido. A este tiempo perteneció, sin duda, la ornamentación de la mezquita mayor y la grande aljama, edificios de los que, como de otros muchos de la misma edad sólo nos quedan vagas y confusas tradiciones, unidas a alguno que otro fragmento.
     Obsérvase, sin embargo, que, en esta segunda mitad de la creación de su arte, los alarifes mahometanos, en la lucha empeñada entre su inspiración y la influencia de otros estilos, llevan una considerable ventaja.
     Las alharacas o adornos de follaje con que cubren los capiteles de sus columnas, la archivolta de sus arcos o los entrepaños de sus muros, las adarajas o lacerías de sus orlas, y el menudo almocárabe que sirve de fondo a su ornamentación, comienzan ya a determinarse y a tomar un carácter propio. Nótase este adelanto muy particularmente en los edificios árabes de este tiempo que aún existen en varios puntos de España. En Toledo, como ya dejamos dicho, son pocos los ejemplares que de estos dos períodos, y especialmente del último, se conservan.
     La segunda época, la época de virilidad y esplendor de este género maravilloso y delicado, comenzó a florecer en la ciudad imperial después que Don Alfonso la reconquistó del poder de los musulmanes. Los alarifes andaluces que habían estudiado en la Alhambra y en el alcázar de Sevilla, magníficos edificios en que el genio oriental desplegó todo el lujo de su imaginación inagotable, se desparramaron en este tiempo por la Península, y llevaron las nuevas ideas al seno de las ciudades reconquistadas, en las que, así los árabes que aún permanecían en ellas, como los cristianos y los judíos que en gran número se encontraban en las grandes poblaciones, usaron casi exclusivamente por espacio de dos o tres siglos de esta arquitectura, ya para sus palacios, ya para sus templos y fábricas de utilidad común.
     Imposible sería describir con palabras la brillante metamorfosis que en esta edad experimentó el arte que hemos visto en los siglos anteriores seguir tímidamente el sendero de la imitación, ensayando con pobreza y miedo alguna que otra idea original. Sus formas groseras y pesadas han adquirido una esbeltez y una gallardía admirables; sus arcos, compuestos de mil y mil líneas atrevidas y nuevas, se sostienen sobre columnas tan frágiles, que no se concibe que pudieran soportar los muros, si éstos a su vez no fuesen calados y ligeros como el rostrillo de encaje de una castellana; las geométricas combinaciones de sus lacerías se complican y enredan entre sí de un modo inconcebible, y cada capitel, cada faja, cada detalle, en fin, de estas magníficas creaciones, son a su vez una obra artística maravillosa en las que otros detalles secundarios aparecen a los ojos del observador y lo asombran por su delicadeza, su novedad y su número.
     La iglesia del Tránsito, antigua sinagoga, la ornamentación de Santa María la Blanca, los restos del alcázar del rey Don Pedro, la casa de Mesa y otros muchos edificios, ya religiosos, ya profanos, representan dignamente en la capital de Castilla la Nueva este período de esplendor y grandeza de la arquitectura arábiga, cuyos rasgos más característicos son los que a continuación expresamos.
     El empleo de ojivas túmido conopiales, ya simples, ya incluidas en arcos de herradura o estalactíticos; el uso, cada vez más frecuente, de dobles ajimeces, sostenidos por parteluces esbeltísimos y cuajados de ornamentación y figuras geométricas; arcos de diversas formas, en los que se combinan de mil maneras extrañas porciones de círculo, que dibujan las archivoltas y perfilan los vanos; arcos trazados por líneas rectas combinadas con porciones de círculo; pechinas de dobles y triples hileras de bovedillas apiñadas, las que también se usaron en algunos edificios del género ojival, construidos en épocas posteriores, como en San Juan de los Reyes; sustitución en las leyendas que adornan los muros de los caracteres cúficos, usados en la primera época, por los neskhi, de forma más ligera y gallarda; adornos en la ornamentación completamente originales y propios del arte arábigo, los que, aun cuando guardan alguna remota idea de los bizantinos, ya se han hecho más ricos y elegantes; artesonados cuajados de lujosos detalles; lacerías combinadas de cierto modo, que les da alguna semejanza con las tracerías del estilo ojival; uso casi general de aliceres o anchas fajas de azulejos brillantes de infinitos colores y formas, adornando las zonas inferiores de las tarbeas o salones; sustitución en algunas cenefas de las hojas agudas y entrelargas, propias de la ornamentación de otros estilos, con la parra, roble y otras de parecido dibujo, las que, revelándose sobre fondos de ataurique y combinándose entre sí, forman a veces dobles postas. He aquí los principales caracteres que, unidos a la delicadeza y perfección con que están ejecutados todos los detalles, dan a conocer este período a primera vista.

     La tercera época, la época de la decadencia, no tiene, por decirlo así, una fisonomía propia.
Se hace notar por la falta de lujo y de riqueza en sus obras, por el abandono de aquella prodigalidad de ornamentación que caracterizó a esta arquitectura en su período de gloria, y por la adulteración de algunas de las partes de que se compone.
     El estilo ojival, que cada día adelantaba un paso más en la senda de la perfección, comenzó a oscurecer y a poner en olvido el arte arábigo, el cual, no obstante, prolongó su existencia; aunque trabajosamente, hasta mediados del siglo XVI, en el que el Renacimiento destronó a un tiempo a los dos géneros, representantes genuinos, el uno de la religión cristiana y el otro de la islamita.

Tuesday, April 6, 2010

Emoción visceral, odio y diseño

India ink freak-out. De http://www.bearskinrug.co.uk/


En mis años de estudiante de arquitectura, recuerdo muy bien la tortura provocada por ciertos elementos de dibujo que, sin embargo, de sólo verlos en El Politécnico, se me agrandaban los ojos de placer, entre sonrisas simultáneas,  ambos reflejos emocionados de verlos todos juntos, nuevitos, resplandecientes.
Pero a la hora de dibujar, la primera vez con mi regla biselada, desconocía que se usaba al revés, y arruiné una cantidad de hojas de tinta, muy caras por cierto, un sábado a la noche en soledad, cuando todo Buenos Aires salía a divertirse, y ni hablar de esos círculos que salían torcidos y nos bajaban las notas, y esas tontas Rotring que siempre se tapaban, especialmente la 0.1, mi gran odiada. Y el tablero que me rompía la espalda, y hasta la radio vieja de mis padres quemé un día de tanto escuchar Modart en la Noche. Años adelante, mi hijo recién nacido regó con orina todas las fotos listas de un concurso (de Photoshop ni se hablaba), y mi sobrinito vomitó sobre las grandes láminas de una entrega.......
Me alegra saber que no soy la única con estos sentimientos. Hoy encontré un libro de Donald A. Norman, llamado ¨Emotional design: why we love (or hate) everyday things¨ (New York, 2004), quien cuenta que su amigo Andrew lo visita una noche y le trae una exquisita caja de cuero. ¨Ábrela¨, le dice ¨y dime qué piensas¨. El autor la abre, y ve un set de piezas de dibujo técnico, todas de acero inoxidable: compases, portaminas, lapiceras.....
¨Adorable¨, respondió Donald, ¨éstos eran los viejos buenos días, cuando no dibujábamos en computadora.¨ Los ojos de ambos se humedecieron por los recuerdos.
¨Pero sabes¨, prosiguió Donald, ¨yo los odiaba. Mis útiles siempre se deslizaban, el punto se me movía antes que yo finalizara el círculo, la tinta negra India, siempre goteaba antes que yo terminara un diagrama. Una vez tiré toda una botella de tinta encima de mis dibujos, los libros, la mesa. Los odio!.¨
¨Sí¨, dijo Andrew riéndose, ¨ya había olvidado acerca de ello, pero de todos modos son hermosos utensilios.¨
¨Claro, mientras que no tengamos que usarlos.¨
Esta historia muestra los diversos niveles de los sistemas cognitivos y emocionales (viscerales, de comportamiento y reflejos) interactuando, luchando por prevalecer.
Primero, el nivel básico visceral, surge con el placer de ver la caja de cuero y la belleza del set. La respuesta visceral es positiva, nos trasladamos a los viejos buenos tiempos. Pero más rememoramos el pasado, y más nos acorralan las experiencias negativas. Éste es el punto de conflicto con la reacción visceral inicial.
La vista de los elementos clásicos es atractiva, pero la experiencia, negativa, no sobrepasa el efecto positivo.
Según Donald Norman, un diseño es exitoso, si lo es en todos los niveles.

BATH design. By SMAQ - architecture urbanism research


I brought this great project from World Architecture.org Here are the design intentions:
BAD {BATH} (2004-2006) is a temporal architecture in the highly frequented leisure landscape of Solitude palace gardens nearby Stuttgart. BAD {BATH} plugs into the hidden existing infrastructure network via a hydrant. It is based on a 1,000-meter garden hose, which, connected to a hydrant, can carry enough water to fill a bathtub. Arranged in countless loops, the elastic hose forms the surface of a screen that catches the sun, thus heating the water in the hose. It fills a tub for up to two persons to take a bath. Afterwards the water is released to irrigate the surroundings. BAD {BATH} interprets ways of inhabiting and interpreting the urbanized landscape, based on infrastructural realities and leisure conventions. It proposes an alternative, self-empowered form of leisure. It draws on the anarchic expertise of everyday knowledge {the warming up of water in a garden hose} instead of investing in capital-intensive technology {like teflon-wear and carbon fiber bikes}. It opportunistically joins for a brief spatial moment the circuits that have become antipodes of the contemporary environment: infrastructure and nature. Without dogmatism it makes use of both of them, releasing their multiplied potentials and extracting pleasure from the appropriation of already existing systems. Pushed to an extreme, beyond the criteria of efficiency, the subversive gesture is architecturalized and explored further on the tectonic level. The rigid and elastic material qualities of wooden slats and the garden hose respectively are played out against each other and reintegrated, so that ornament authentically sneaks back into architectural expression.



All pictures were downloaded from the gallery of this project at Worldarchitecture.org
See the gallery at Worldarchitecture.org
http://www.worldarchitecture.org/world-buildings/world-buildings-detail.asp?position=detail&no=2033&img=448909.jpg

Design Contest Seeks to Promote Rebuilding in Twin Cities

Architects are invited to submit residential designs for a vacant lot in North Minneapolis.
Willard Homewood is one of the most storied neighborhoods in North Minneapolis. Known for its grand early 20th century homes, the area was the setting for violent race riots in 1967. More recently, it has become a haven for artists and their families, with one 16-square block now called the Artists’ Core.

Despite the renewal, Willard Homewood has been hit hard by widespread foreclosures over the years. Some houses have been torn down; others are boarded up. “You have these terrific old buildings, but many are victims of decay,” says Katie White, a program assistant in the city’s Community Planning and Economic Development department. “Yet, there’s still a strong neighborhood underneath it all, even if the physical housing stock doesn’t always reflect that.”
Last summer, local architect Jay Isenberg, AIA, whose parents both grew up in North Minneapolis, took one look at an empty lot in the neighborhood—at the corner of Plymouth Avenue and Sheridan Avenue North—and saw the future. “It’s a very prominent keystone site with a lot of potential,” says Isenberg, who hit on the idea of holding a design competition for up to six single-family housing units to fill the space (actually three contiguous lots). Isenberg took his idea to Tom Streitz, the city’s Director of Housing Policy and Development, who immediately embraced it and enlisted the participation of the Builders Association of the Twin Cities and its Builders Outreach Foundation.
Organizers hope the competition, “Bearden Place: A Housing Competition in the Artists’ Core,” will inspire participating architects and designers to create innovative, sustainable living spaces for first-time home buyers willing to pay up to $175,000. “We’re giving the designers a lot of space for creativity,” White says. “And we’re looking forward to what they come up with.”
Entries are due on April 21. Anyone can enter, and multidisciplinary teams are encouraged to participate, as long as a Minnesota-licensed architect is included (organizers note that there is a chance for NCARB members to get cross-registered by the entry deadline). The winning design, selected by a five-person jury, will be built with funding by the Builders Outreach Foundation.
Reference:
article by David Hill, for Architectural Record construction.com. March 25th, 2010. 
Here is the link for the contest:

Eistein: Physical Meaning of Geometrical Propositions


Fractal generated by Myriam Mahiques


I copied this chapter today from Albert Eistein’s book “Relativity. The Special and General Theory”  (Part I. The Special Theory of Relativity. I. Physical Meaning of Geometrical Propositions. New York. 1920) as it is important to see the considerations of geometry in physics when we work beyond Euclidean geometry.
¨Insofar as the statements of geometry speak about reality, they are not certain, and
insofar as they are certain, they do not speak about reality¨. (Einstein, 1921, p. 3.)
Einstein’s concerns about geometry, reminds me Mandelbrot trying to represent a natural phenomena with a different geometrical concept.
Let us see my fractals here: though they look pretty Euclidean, they are fractals, and we don’t have certainty in the distance from one point to the other. The theory, applies to urban morphology.


Both fractals generated by Myriam Mahiques

“In your schooldays most of you who read this book made acquaintance with the noble building of Euclid’s geometry, and you remember –perhaps with more respect than love- the magnificent structure, on the lofty staircase of which you were chased about for uncounted hours by conscientious teachers. By reason of your past experience, you would certainly regard every one with disdain who should pronounce even the most out-of-the way proposition of this science to be untrue. But perhaps this feeling of proud certainty would leave you immediately if some one were to ask you: “What, then, do you mean by the assertion that these propositions are true?” Let us proceed to give this question a little consideration.
Geometry sets out from certain conceptions such as “plane,” “point,” and “straight line,” with which we are able to associate more or less definite ideas, and from certain simple propositions (axioms) which, in virtue of these ideas, we are inclined to accept as “true.” Then, on the basis of a logical process, the justification of which we feel ourselves compelled to admit, all remaining propositions are shown to follow from those axioms, i.e. they are proven. A proposition is then correct (“true”) when it has been derived in the recognized manner from the axioms. The question of the “truth” of the individual geometrical propositions is thus reduced to one of the “truth” of the axioms. Now it has long been known that the last question is not only unanswerable by the methods of geometry, but that it is in itself entirely without meaning. We cannot ask whether it is true that only one straight line goes through two points. We can only say that Euclidean geometry deals with things called “straight lines,” to each of which is ascribed the property of being uniquely determined by two points situated on it. The concept “true” does not tally with the assertions of pure geometry, because by the word “true” we are eventually in the habit of designating always the correspondence with a “real” object; geometry, however, is not concerned with the relation of the ideas involved in it to objects of experience, but only with the logical connection of these ideas among themselves.
It is not difficult to understand why, in spite of this, we feel constrained to call the propositions of geometry “true.” Geometrical ideas correspond to more or less exact objects in nature, and these last are undoubtedly the exclusive cause of the genesis of those ideas. Geometry ought to refrain from such a course, in order to give to its structure the largest possible logical unity. The practice, for example, of seeing in a “distance” two marked positions on a practically rigid body is something which is lodged deeply in our habit of thought. We are  accustomed further to regard three points as being situated on a straight line, if their apparent positions can be made to coincide for observation with one eye, under suitable choice of our place of observation.
If, in pursuance of our habit of thought, we now supplement the propositions of Euclidean geometry by the single proposition that two points on a practically rigid body always correspond to the same distance (line-interval), independently of any changes in position to which we may subject the body, the propositions of Euclidean geometry then resolve themselves into propositions on the possible relative position of practically rigid bodies.
Geometry which has been supplemented in this way is then to be treated as a branch of physics. We can now legitimately ask as to the “truth” of geometrical propositions interpreted in this way, since we are justified in asking whether these propositions are satisfied for those real things we have associated with the geometrical ideas. In less exact terms we can express this by saying that by the “truth” of a geometrical proposition in this sense we understand its validity for a construction with ruler and compasses.
Of course the conviction of the “truth” of geometrical propositions in this sense is founded exclusively on rather incomplete experience. For the present we shall assume the “truth” of the geometrical propositions, then at a later stage (in the general theory of relativity) we shall see that this “truth” is limited, and we shall consider the extent of its limitation.” 

Una celebración de la belleza del paisaje del desierto

Museo Nacional de Qatar. Por Jean Nouvel. Foto de Revista Eñe
Artículo publicado sobre el Museo Nacional de Qatar, por Jean Nouvel. Autor Nicolai Ouroussoff, para New York Times y Clarín. Martes 6 de Abril de 2010

Pocos arquitectos han dedicado tanto tiempo a tratar de cerrar la brecha entre la estética de la alta tecnología de Occidente y las tradiciones de Oriente Medio como Jean Nouvel.
Su diseño para el Instituto del Mundo Árabe de París en 1987 estuvo dominado por aberturas mecánicas, reguladas por la luz, dispuestas en un esquema que evocaba motivos islámicos.
Una filial del Museo del Louvre proyectada en Abu Dhabi estará protegida del sol por una bóveda gigantesca que transforma sus cimientos en una especie de oasis. Y los obreros están dando los toques finales a una torre de oficinas en Doha, Qatar, que está envuelta en un entramado de aluminio y coronada por una cúpula afiligranada como una mezquita.
No obstante, el diseño de Nouvel para el Museo Nacional de Qatar podría ser el acto de síntesis cultural más abiertamente poético del arquitecto francés hasta el momento. En una serie de grandes proyectos museísticos en Doha, que incluyen el Museo de Arte Islámico de I.M. Pei inaugurado hace un año, forma parte de una iniciativa estatal destinada a estimular el intercambio del tráfico cultural ­entre Oriente y Occidente, tradición y modernidad  luego de muchos años en que parecía moverse solamente en un sentido. Cada nivel del proyecto de Nouvel, desde sus materiales hasta sus formas dominantes pasando por su distribución expandida, refleja un esfuerzo ricamente imaginativo por mantener una conexión con el mundo evanescente de los beduinos, de quienes procede el Quatar moderno, adoptando al mismo tiempo las realidades de una sociedad urbanizada.

Inspiradas en las rosas de arena, esas pequeñas formaciones que se cristalizan justo debajo de la superficie del desierto, las docenas de formas semejantes a discos que se cruzan en ángulos desiguales y se apilan en forma despareja unas sobre otras, celebran una delicada belleza en el paisaje desértico que es invisible para aquellos que no lo hayan conocido. La levedad con que estas formas se apoyan en la tierra, por su parte, conjura el carácter etéreo de la vida en el desierto.
Bajo estos techos con forma de discos, el edificio es una cadena de pabellones interconectados y terrazas exteriores que rodean un enorme patio abierto al aire libre, una disposición que evoca los "caravasares", los refugios que se construían sobre las antiguas rutas comerciales. El Palacio Amiri, una estructura tradicional de ladrillo de barro construida para la familia real en la década de 1920, asoma entre los pabellones cerca de la entrada principal del museo, donde actúa como ancla visual.
Visto desde arriba en una maqueta, las formas de disco abstractas volcadas recuerdan la descripción que hizo el explorador Wilfred Thesiger de la "confusión aparentemente caprichosa" de las dunas del desierto. Las superficies de los discos de concreto, de un color beige rosado, repiten las formas ocultas que dan a las arenas del desierto su riqueza la sutil mezcla de colores, de granos densos y livianos.
Pero cuanto más se miran las representaciones, más se convierte el proyecto en un edificio definido por una sensibilidad que apunta al futuro. La disposición asimétrica de los discos cuyos bordes delgados como navaja enfatizan la levedad del edificio  expresa ideas arquitectónicas contemporáneas de heterogeneidad y de apertura. Las galerías estarán dispuestas sin rigor en orden cronológico, empezando con las exposiciones sobre la historia natural del desierto y el Golfo Pérsico, objetos de la cultura beduina, exposiciones históricas sobre las guerras tribales y el establecimiento del Estado de Qatar, y por último el descubrimiento de petróleo hasta el presente. Las placas inclinadas que forman las paredes en algunos lugares crearán vistas repentinas y estrechas de una sala a otra, arrastrando a los visitantes. Pero la disposición también permitirá que el público entre y salga entre los pabellones de las galerías, tratando a éstas como una secuencia única o como capítulos individuales de una narrativa menos rigurosa.
Nouvel imagina un número mínimo de objetos exhibidos fijos carpas, textiles, barcos de pesca dispuestos en el centro de las salas, como en un museo más tradicional. Las paredes de las galerías estarían cubiertas por imágenes móviles a gran escala que pretenden sumergir a los visitantes en el mundo del desierto.
Como él mismo dijo recientemente: "Para entender el desierto hoy hacen falta helicópteros y Jeeps de tracción en las cuatro ruedas.
Pienso que podríamos replicar esa experiencia aquí, para que el museo sea una especie de portal al desierto".
La frescura del diseño es puesta de relieve por su relación con el distinguido Museo de Arte Islámico de Pei, expresión de un equilibrio ideal entre la arquitectura islámica tradicional y el modernismo igualmente tradicional.
La creación de Nouvel da peso a una historia subestimada permaneciendo a la vez firmemente orientado hacia el futuro. Juntos, ambos museos forman los tanteos de un diálogo sobre identidad cultural que debería resonar a ambos lados de la línea divisoria.
Nouvel imagina un mínimo de elementos expuestos, como textiles, carpas, alegorías de barcos, dispuestos en las salas

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